No podían acudir solas a un juicio sino dejarse representar por un hombre, su mentor, si eran solteras el padre y si casadas el marido. Si fallecían  estos el varón más próximo de la familia paterna. Y además de hacerse cargo de la representación judicial tenían disposición y disfrute de su patrimonio, de castigarla o matarla, decidir el matrimonio o venderlas.

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