La jornada -es decir, las 24 horas del día y la noche- se dividía, de acuerdo con las horas canónicas, que continuaron muy arraigadas durante la baja Edad Media.
 
Cada tres horas las campanas de las iglesias monásticas anunciaban el rezo correspondiente: a medianoche, maitines; a las 3, laudes; a las 6, prima; a las 9, tercia; a mediodía, sexta; a las 15, nonas; a las 18, vísperas; y a las 21, completas46.
 
Esta división de la jornada diaria ha pervivido aún en pleno siglo XX para diversas órdenes religiosas. Pero no era rígida y se amoldaba a las estaciones, particularmente al verano y al invierno.
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