La batalla de Seforia, fue corta, en muy poco tiempo los francos resultaron diezmados a pesar de su empuje guerrero. Los últimos combatientes cristianos fueron un caballero del Hospital, de nombre ignorado, y uno templario, el mariscal Jacques de Mailly, quíen al ver a su compañero hospitalario finalmente abatido redobló su empuje y resistencia luchando como un torbellino. Primero sobre el caballo y luego a pie, su espada segaba, como si de trigo se tratase, las vidas de los enemigos que lo rodeaban. A la vista de este prodigio de valor, los musulmanes cesaron de combatirlo y formaron un círculo a su alrededor, ofreciéndole la vida a cambio de la rendición. Rechazadas tales proposiciones, como ofensivas para su honor, el templario acabó abatido por las flechas de los arqueros.

Más como iban ataviado con las albas vestiduras de la orden y montado sobre su corcel blanco, al caer muerto, pero no vencido, los musulmanes irrumpieron en gritos convencidos de haber cogido al san Jorge de los francos. El cuerpo del templario fue asaltado por los mamelucos, quienes, presos de un terror reverente, se disputaron hasta el más insignificante de sus despojos: ropas, armas, adornos, etc; como talismanes o reliquias. Hasta tal punto, que algunos se frotaban la cabeza con el polvo empapado en su sangre, como si de esta manera pudieran adquirir su bravura y valor. Enterado al-Afdal del prodigioso suceso, el hijo de Saladino ordenó se enterrase con toda dignidad el cadáver del templario y que, como signo de respeto por su valor, le sepultasen con su espada en la mano.

El resto, francos y templarios, incluso el maestre hospitalario Roger des Moulins, todos perecieron. Sólo tres caballeros del Temple escaparon con vida, uno de ellos fue Gérard de Ridefort, que, a pesar de estar gravemente herido, consiguió huir a uña de caballo hasta Nazareth. Por el camino, resonarían en sus oídos la proféticas palabras que Jacques de Mailly le dirigió antes de entrar en combate: “….Sois vos quien volverá grupas como un traidor”.

El maestre Gérard, mortificado por las heridas y tal vez por la vergüenza, se entretiene en el camino y la noticia del combate llega a Jerusalén, antes que él, por boca de sus compañeros. Los otros dos templarios supervivientes cuentan al convento lo sucedido y se produce tan gran consternación que, sin esperar el regreso del maestre, los caballeros forman un “comando” que regresó a la Fuente del Berro para buscar el cuerpo del mariscal. Allí encuentran su tumba, desentierran el cadáver de Jacques de Mailly y lo llevan a su Casa Madre de Jerusalén. En la iglesia poligonal de la Cúpula de la Roca, le rindieron honores y comenzó a ser venerado como héroe por los hermanos de la orden y como mártir por numerosos peregrinos. Astutamente Gérard consintió en todo, prefería tener al mariscal como héroe-mártir que tranquilizase su conciencia, pues los otros dos templarios supervivientes ya habían relatado a los hermanos la disputa entre Jacques y el maestre Gérard, así como la “profecía” sobre su huída en combate. Pero en cuanto se hubo repuesto del descalabro físico y moral, el de Ridefort volvió a las andadas. No sabía que su nuevo despropósito daría el respaldo definitivo a la santidad de Jacques de Mailly.

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