Todos aquellos que viajaban desde occidente hasta Tierra Santa tenían derecho a ser escuchados a su vuelta. O dicho de otro modo, cuando un peregrino comenzaba a contar su historia, los que por allí andaban y pasaban debían pararse y prestar atención. Si el potencial público no se prestaba a escuchar y el peregrino se veía sólo, podía denunciar a los que habían huido de su narración sobre el viaje.

La denuncia se hacía frente al obispo local y a pesar de alegar ciertas obligaciones como justificación para no haberse parado a escuchar, los denunciados acababan siendo multados. ¿Dónde iba el dinero de dichas multas? A solucionar el problema inicial, es decir, a buscar oídos para la historia del peregrino.

El obispo buscaba a personas dispuestas a escuchar a cambio de dinero y a estos les pagaba con lo recaudado mediante las multas. Así, el peregrino tenía público para narrar las aventuras y desventuras de su viaje. Y así, algunas de aquellas historias, con un buen número de detalles, han llegado a nuestros días. Porque los peregrinos las esparcían por todo occidente y siempre había alguien escuchando. Bien por afición o bien por obligación

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