En 1191, Saladino y Ricardo Corazón de León concertaron una tregua por cinco años, con la que los cristianos podían entrar libremente por Jerusalén, en pequeños grupos y sin armas. Entre ambos reyes, como caballeros surgió un buen entendimiento e incluso celebraron varios banquetes. Según la leyenda, en medio de una tibia amistad naciente, decidieron una vez comparar sus armas. Ricardo Corazón de León blandió con su fuerte brazo una larga y pesada espada contra un grueso tablón, tajandolo de un golpe. Por su parte, Saladino demostró el filo cortante de su cimitarra, hecha con el inimitable acero de Damasco, cogiendo un fino velo y arrojándolo al aire: en su caída, la hoja partió suavemente la fina tela en dos trozos. Así, con esta anécdota, se pretendía mostrar el refinamiento y la astucia oriental frente a la fuerza bruta y directa de los cruzados

Anuncios