“Sermones sobre el Cantar de los Cantares. Obras Completas de San Bernardo. Tomo V”. Traducción de Iñaki Aranguren. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1987.

 1- A Vosotros, hermanos, deben exponerse otras cosas que a los mundanos, o al menos de distinta manera. A ellos debe ofrecerles leche y no comida, el que en su magisterio quiera atenerse al modelo del Apóstol (1). Pero también enseña con su ejemplo a presentar alimentos más sólidos para los espirituales, cuando dice: “Hablamos no con el lenguaje del saber humano, sino con el que enseña el Espíritu, explicando temas espirituales a los hombres de espíritu”. E igualmente: “Con los perfectos exponemos un saber escondido”, como pienso que ya sois vosotros sin duda. A no ser que os hayáis entregado en vano durante tanto tiempo a la búsqueda de las cosas espirituales, dominando vuestros sentidos y meditando día y noche la ley de Dios. Abrid la boca no para beber leche, sino para masticar pan. Salomón nos ofrece un pan magnífico y muy sabroso por cierto: me refiero al libro titulado el Cantar de los Cantares. Si os place, pongámoslo sobre la mesa y partámoslo.

 2- Si no me engaño, la gracia de Dios os ha enseñado suficientemente a conocer este mundo y despreciar su vacío mediante la palabra del Libro del Eclesiastés. ¿Y el Libro de los Proverbios? ¿No habéis hallado en él la doctrina necesaria para enmendar e informar vuestra vida y vuestras inclinaciones? Saboreados ya estos dos libros en los que habéis recibido del arca del amigo los panes prestados, acercaos también a tomar este tercer pan, el que mejor sabe.

 Hay dos únicos vicios o al menos lo más peligrosos que luchan contra el alma: el vano amor del mundo y el excesivo amor de sí mismo. Estos dos libros combaten esa doble peste: uno cercena con el escardillo de la disciplina toda tendencia desordenada y todo exceso de la carne. El otro aclara agudamente con la luz de la razón el engañoso brillo de toda gloria mundana, diferenciándolo certeramente del oro de la verdad.

 Es decir, entre todos los afanes mundanos y deseos terrenos, opta por temer a Dios y seguir sus mandatos. Y con toda razón. Porque ese temor es el principio de la verdadera sabiduría; y esa fidelidad, su culminación. Al fin, sabido es que la sabiduría auténtica y consumada consiste en apartarse de todo mal y hacer el bien. Además, nadie puede evitar el mal adecuadamente sin el temor de Dios, ni obrar el bien sin observar los mandamientos.

 3- Superados, pues, estos dos vicios con la lectura de ambos libros, nos encontramos ya preparados para asistir a este diálogo sagrado y contemplativo que, por ser fruto de entrambos, sólo puede confiarse a espíritus y oídos muy limpios.

 De no ser así, si antes no se ha enderezado la carne con el esfuerzo de la ascesis, sometiéndola al espíritu, ni se ha despreciado la ostentación opresiva del mundo, es indigno que el impuro se entrometa en esta lectura santa. Como la luz invade in útilmente los ojos ciegos o cerrados, así el hombre animalizado no percibe lo que compete al espíritu de Dios.

 Porque el Santo Espíritu de la disciplina rehúye el engaño de toda vida incontinente y nunca tendrá parte con la vaciedad del mundo, porque es el Espíritu de la verdad. ¿Podrán tener algo en común el saber que baja de lo alto y el saber de este mundo que es necedad a los ojos de Dios, o la tendencia a lo terreno, que significa rebeldía contra Dios? Pienso, por eso, que ya no tendrá motivos para murmurar el amigo que esté de paso entre nosotros, cuando haya tomado este tercer pan.

 4- Más, ¿quién lo partirá? Está aquí el dueño de la casa: reconoced al Señor en el partir del pan. ¿Quién más a propósito? No seré yo quien caiga en la osadía de arrogármelo. Dirigíos hacia mí, sí, pero no lo esperéis de mí. Yo soy uno de los que esperan; mendigo como vosotros el pan para mi alma, el alimento de mi espíritu. Pobre e indigente, llamo a la puerta del que abre y nadie cierra, ante el profundísimo misterio de este diálogo. Los ojos de todos están aguardando, Señor; los niños piden pan y nadie de lo da Lo esperan todo de tu bondad. Señor, piadoso, parte tu pan al hambriento, si te place, aunque sea con mis manos, pero con tu poder.

 Nota 1: Se refiere a San Pablo y el texto correspondiente que hallaréis en su Epístola Primera a los Corintios

Anuncios