Como letra miniada de un viejo pergamino
que inicia la lectura de un santo cenobita,
recoleto, pequeño, policromado y solo
se nos presenta humilde el arco de San Polo,
para abrir el camino que nos lleva a la Ermita.
Este viejo convento de grandezas mermado,
Orden caballeresca de cruzados Templarios,
evoca el pasado de sus campanarios
entre piedras mohosas, la huerta, e1 ramaje
y el arco pequeño, alma del paisaje.
Cuantas veces lo paso, veo a los caballeros
con sus manteos blancos y cruces encarnadas,
cruzando los senderos, custodiando el camino,
y le pregunto a Bécquer con palabras calladas:
¿serán éstas las ánimas de aquel monte vecino?

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