EL GRIAL DE CUENCA

Según los expertos en la materia, la descendencia de Jesús y María Magdalena, entroncada con la sangre de los reyes merovingios, desembocada en diversas ramas genealógicas europeas a lo largo de la Edad Media.

Una de las más importantes será la de los Plantagenet que, llevando el título de condes de Anjou, fundaría en 1154 esta dinastía en Inglaterra, con Enrique II como rey. Otra, igualmente notable, sería la de los Plantavelu, que a finales del siglo IX constituiría el ducado de Aquitania, y en el XII fructificaría en uno de los personajes más brillantes de su época: la duquesa Leonor de Aquitania. Estas ramas volverían a cruzar su sangre presuntamente claudica precisamente con el matrimonio de Enrique II Plantagenet, conde de Anjou y rey de Inglaterra, con la hermosa duquesa Leonor. De esta unión nacieron héroes cuyas hazañas forjaron la historia de los reinos europeos, protagonizando los versos de los trovadores y ocupando páginas de honor en los romances de la época. Entre los hijos de esta pareja figuran los famosísimos Ricardo Corazón de León y el llamado Juan sin Tierra, cuyas andanzas han sido llevadas al cine con más fantasía que realismo, vinculados a una tradición caballeresca al estilo de la del rey Arturo y sus griálicos caballeros. En la Edad Media, la nobleza era un club con muy poquitos socios y las familias estaban todas emparentadas, volviendo a casarse cada generación para establecer alianzas, mantener reinos y privilegios y conservar líneas genealógicas. Nada extraño en un sistema nobiliario basado en el derecho de sangre. Los enlaces entre primos de segundo grado y entre tíos y sobrino eran tan habituales que el motivo clásico para anular un matrimonio real era alegar ante la curia relación de parentesco entre cónyuges. Casi siempre la había. De manera que, a esas alturas, la antigua sangre del rey David corría, más o menos mezclada, por las venas de buena parte de la realeza europea, incluyendo, por supuesto, a los reyes castellanos y aragoneses.

Son muchas, y bien antiguas, las líneas de irrigación que llevan esa sangre al caudal de los monarcas peninsulares. Siguiendo una de ellas como ejemplo, tenemos al rey castellano Alfonso VI casado con Constanza de Borgoña, cuya abuela paterna no era otra que Constanza de Aquitania. De ese entronque aquitano saldrá, cuatro generaciones después, el rey de Castilla Alfonso VIII, conquistador de Cuenca y autor de las armas que campan en el escudo de la ciudad, ese cáliz y esa estrella de enigmático significado. De manera que, por las venas de este rey conquistador. corría sangre aquitana que venía de tan lejana fuente como la del rey David, pasando a través de Jesús y María Magdalena.

Y, repitiendo una vez más el cruce de parentescos, el rey Alfonso volvió a mezclar su sangre con esa dinastía sagrada de tan antiguos orígenes al casarse con una hija de Leonor de Aquitania y de Enrique II, rey de Inglaterra y conde de Anjou.

El linaje del Rey David

De manera que ya tenemos a nuestro rey Alfonso VIII dentro de la corriente de descendencia del rey David, casándose además con quien lleva la sangre de Anjou, que no es un linaje cualquiera en lo que afecta al Grial. Wolfram von Eschenbach, en su Parzival, incluye en este linaje a su protagonista, Parsifal, el caballero que encontrará el Grial, cuando dice que su padre es “un héroe extraordinario, un Anjou de esclarecida estirpe”. Si tenemos en cuenta que en otros romance griálicos se insiste con tenacidad en que los caballeros vinculados con tan misterioso secreto son “del alto linaje del rey David”, podemos ir atando cabos para suponer que ser Anjou y ser descendiente del rey David viene a ser lo mismo para los narradores de esta historia. Y si a todo esto le añadimos que sir Thomas Malory, en su obra La muerte de Arturo, dice expresamente que “Lanzarote viene solo del octavo grado de nuestro Señor Jesucristo, y Galahad del noveno”, vemos cómo, en el contexto griálico, se da por sentado que Cristo tuvo descendencia y podemos concluir que ser Anjou significa que por sus venas corre no solo sangre davídica, sino también la de Jesús y de María Magdalena. Y eso es Leonor de Aquitania, hija del conde de Anjou: una descendiente del linaje sagrado, casada a su vez con Alfonso VIII, otro miembro del reducido grupo que podemos llamar Grial de sangre. Se unieron en un matrimonio real que ocultaba otra realeza mucho más profunda y antigua: la que nacía del sagrado trono del rey David.

Los reinos españoles y el grial

En las fechas de las que hablamos, las fronteras no eran las que conocemos hoy. El reino de Francia apenas cubría un pequeño territorio en torno a una isla del río Sena que no llegaba, por supuesto, a los Pirineos. Los terrenos al norte de la cordillera no pertenecían a la corona francesa. Eran propiedad de nobles caballeros independientes, vinculados por lazos de sangre y vasallaje a los reinos españoles de Navarra y Aragón. Eran las tierras de Languedoc, Gascuña, Rosellón, Aquitania, Provenza… Para hacernos una idea de cómo eran las cosas entonces, basta decir que la Aquitania era el doble de grande que el reino de Francia, y su duque Guillermo IX se jactaba de que nunca había prestado juramento de fidelidad al rey francés. Y estas son, precisamente, las tierras de¡ Grial, aquellas en las que su tradición se asienta, en las que surge el temprano culto a María Magdalena y la leyenda de¡ cáliz sagrado. Y son también las tierras por las que se extiende la herejía cátara con sus extrañas creencias sobre la Magdalena, y donde el Temple concentra el mayor número de propiedades.

Con todo esto, no es extraño que, en las narraciones medievales del Grial, aparezcan numerosas referencias a los reinos españoles. Los autores extranjeros, fundamentalmente franceses y anglosajones, ignoran este hecho, probablemente para seguir hablando de¡ Grial como cosa suya. Pero lo curioso es que los autores españoles tampoco se esfuerzan demasiado en resaltar la presencia, por derecho propio, de los reyes y reinos peninsulares en la leyenda del Grial, Siguiendo el texto más famoso, el Parzival de Eschenbach, nos encontramos ya con que el autor afirma basar su obra en un antiguo manuscrito encontrado precisamente en Toledo.

A partir de ahí, las referencias a España son constantes. Veamos unas cuantas. El padre de Parsifal, en uno de sus viajes, desembarca en Sevilla. “En aquel país ?dice el texto? conocía al rey. Era su primo Kaylet. Fue a visitarlo a Toledo”. Por tanto, según el texto, llevaban la misma sangre y Parsifal seria sobrino de este rey peninsular. Quizá por eso el escudo que lleva Parsifal había sido “forjado en Toledo, en el país de Kaylet’.También hay abundantes alusiones al rey de Aragón, al que llama Schafillor. En una de ellas se narra cómo éste, en un torneo, “tiró al suelo, detrás del caballo, al viejo Utepandragun, rey de los britanos”. Es decir, el rey aragonés vence al padre del mismísimo rey Arturo. Vinculado a la familia del Grial, aparece también un personaje llamado Kyot de Cataluña, que lleva el título de duque. Otro, de nombre Liddamus y rango de príncipe, dice tener “en Galicia,
muy diseminados, numerosos castillos, hasta Pontevedra”. Los héroes de la búsqueda griálica montan caballos castellanos, y la montura del caballero Gawan luce una significativa señal: “En la grupa llevaba grabada a fuego una tórtola, el blasón del Grial”.

El misterioso escudo de Cuenca

Cuando el rey Alfonso VIII de Castilla puso cerco a la ciudad de Cuenca en 1177, los musulmanes llevaban en ella cuatro siglos. No fue fácil la conquista. Amurallada en los altos riscos cercados por las aguas de los ríos Júcar y Huecar, la empresa no era precisamente sencilla, y el rey Alfonso necesitó la ayuda del monarca aragonés, Alfonso H. Pariente, por supuesto, además de tocayo, ya que descendía de Inés de Aquitania. También contó con el auxilio de los caballeros de la Orden del Temple, esa milicia de Cristo que, según los romances medievales, custodiaba el secreto del Grial. De manera que las fuerzas que plantaron cerco a la Cuenca musulmana eran “soldados del Grial”, un ejército mandado por reyes que pertenecían a la estirpe sagrada. El asedio se inició el 6 de enero, día de la Epifanía, y duró nueve meses, hasta el 21 de septiembre, festividad de san Mateo.

Oficialmente, el escudo de Cuenca se confeccionó para conmemorar esta victoria y el rey Alfonso VIII concedió a la villa unas armas que recordaban los días de¡ comienzo y del fin de su conquista. La estrella, en representación de aquella que, en lejanos tiempos, guió a los Reyes Magos de Oriente en su largo viaje hasta el portal del Belén para adorar al Niño recién nacido, acontecimiento que la cristiandad celebra el 6 de enero. Y el cáliz, en representación de san Mateo, cuya festividad se celebra el 21 de septiembre. Esta es la interpretación oficial de las armas que componen el famoso escudo de Cuenca y, la verdad resulta bastante inverosímil. El asunto de la estrella puede pasar, aunque ya ve que oculta un significado más profundo de lo que parece. En cuanto a lo de san Mateo y el cáliz, es una versión que tiene poco asidero, ya que la iconografía religiosa nunca representó a este santo evangelista con una copa. Y si esta no es la interpretación correcta, ¿cuál es el significado que esconden los símbolos del escudo de Cuenca?

…y el Grial

De las intenciones que tenía el rey Alfonso queda todo lo que hemos dicho, sí, y también el escudo de Cuenca con las ¡armas que el rey le dio: una estrella ?ver cuadro? y un cáliz. Si sabía, como efectivamente sabía, que se casaba con un insigne miembro de esa dinastía sagrada, con una “Anjou de esclarecida estirpe” según el griálico texto de Wolfram von Eschenbach, y si quería hacer de Cuenca su Alfonsípolis, la sede de su corte y de su familia, parece que con las armas del escudo no queda reseñar el hecho de su victoriosa conquista, sino dejar constancia simbólica de la estirpe a la que él y su esposa pertenecían, para que su señal campeara sobre la ciudad elegida.

Así pues el cáliz sería una alusión directa al Grial, velada por la tradicional interpretación de que copa o caldero remiten sin más a esa forma orográfica de cuenco en el que la ciudad de Cuenca se levanta.

Pero todavía hay más. El escudo de Cuenca es una estrella suspendida sobre un cáliz, sobre un Grial. Una luminada que, según el Apocalipsis de Juan, es el planeta Venus, el lucero brillante de la mañana que distingue a los descendientes del rey David. Volvamos por un momento a las páginas finales del Párzival de Eschenbach. En ellas, una vez concluida la aventura de la búsqueda del Grial, el autor nos cuenta lo que ocurre con sus principales protagonistas. Parsifal se casa con la reina Condwiramurs y se convierte en el rey del Grial. Y tienen un hijo, Lohengrin, llamado el Caballero del Cisne”. Se trata de un personaje al que los romances medievales convertirán en héroe mítico de la cultura sajona. Como vemos, Lohengrin es descendiente del rey David, al igual que el rey Alfonso VIII. Y también es un Anjou, como la reina Leonor. Pues bien, una narración del siglo XV, para señalar el origen de este Caballero del Cisne”, dice que ha venido “del monte en el que Venus está dentro del Grial”. De manera que aquí tenemos la referencia directa a este símbolo contenido en el escudo de Cuenca: la estrella ?Venus, el lucero del alba? suspendida sobre el Grial, señalando a otro ilustre miembro de la estirpe sagrada, según las legendarias crónicas sobre este secreto.

Tras todo lo visto, no resulta nada extraño que Alfonso VIII, casado con esa Leonor de Inglaterra que llevaba la sangre de Anjou, escogiera tales símbolos para representarse a sí mismo en el escudo de la ciudad que llevada su nombre: Alfonsípolis.

La revista Enigmas, en el número 124 (marzo, 2006), ha publicado un artículo dedicado al Santo Grial: “El Grial de Cuenca”, firmado por Javier Navarre, en el que se plantea la relación de Alfonso VIII conquistador de Cuenca y los reyes castellanos y aragoneses con los condes de Ajou y los duques de Aquitania y su relación con el Grial.

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