Pedro el Ermitaño (Amiens, ~1050 – Neufmoustier, 1115), también llamado Pedro de Amiens fue un clérigo francés, líder religioso de la llamada “Cruzada de los pobres“, una peregrinación espontánea y armada que a finales del siglo XI intentó avanzar hacia Tierra Santa hasta ser rechazada y que sirvió de preludio a la Primera Cruzada.

Originario de Amiens, ya había recorrido con toda probabilidad lo que el mundo cristiano consideraba Tierra Santa. Hacia el año 1094 decidió peregrinar a Jerusalén. Un día abandonó Amiens armado con el signo de la cruz y sin otro guía que su propio espíritu audaz. El aspecto de aquel jinete montado en una mula resultaba de lo más excéntrico. Con una capa de lana, la capucha de monje y unas viejas sandalias, no podía pasar desapercibido. Los hombres que le ofrecían hospitalidad lo observaban con mirada curiosa sin sospechar la gran idea que ocupaba su mente. 

Según se dice, era un hombre de pequeña talla, de faz enjuta, larga barba y ojos negros llenos de pasión; su sencilla túnica de lana y las sandalias le daban un aspecto de auténtico asceta. Las multitudes le veneraban como si fuera un santo y se consideraban felices si podían besar o tocar sus vestidos.

Parece ser que en su juventud formaba parte del ejército de Eustaquio de Bouillon. Pedro contrajo matrimonio con una dama de la familia de Roussy. Su mujer era de edad avanzada y poco atractiva, de modo que él pronto se cansó de su compañía y empezó a frecuentar lugares  religiosos en los que aumentaba el conocimiento y ayudaba a los pobres e indigentes. Una vez viudo, se despidió totalmente de su vida militar y rompió los lazos que le ataban a un mundo con el que nunca había simpatizado.

Pedro había nacido para realizar alguna gran hazaña. A pesar de su vida religiosa bajo el manto clerical, latía un corazón guerrero y aventurero. Se canso de la vida monástica, igual que se había cansado anteriormente de la militar y se convirtió en un anacoreta, solo ocupaba sus días en rezar, meditar y ayunar.

Cuando Urbano II lanzó su llamamiento a la cruzada el 27 de noviembre de 1095 tras el concilio de Clermont. La razón que exponía el papa era que tras la conquista de Jerusalén por los Turcos Selyúcidas a los árabes Abasidas en 1073, se había prohibido desde entonces el acceso a los Santos Lugares a los peregrinos cristianos. Entonces decidió predicar a favor de la Cruzada.

Mientras predicaba entre Bourges y Colonia, la elocuencia de Pedro el Ermitaño, que recorría las calles, iglesias y en cualquier sitio donde pudiera reunir gente, por Italia, Francia, Alemania y por donde paso, conseguía que la gente se le uniera y tomara la cruz, un distintivo que lucían en el hombro derecho, levantó el entusiasmo de miles de cristianos (más de 12.000 hombres) que, al grito de Deus le volt, emprendieron la marcha en mayo de 1096 y llegaron a Constantinopla a finales de julio en donde el movimiento había crecido con personas que se adhirieron en el camino. Tras avanzar hasta Nicomedia Pedro el Ermitaño ante los primeros reveses de su ejército regresó a Constantinopla para solicitar el apoyo del basileo, el emperador Alejo Comneno. Durante ese tiempo, su ejército fue masacrado por los Selyúcidas de Rūm en las llanuras de Civitot (Kibotos) y Pedro el Ermitaño esperó a que los nobles occidentales llegaran a apoyarle, lo que sucedió en mayo de 1097.

Más adelante Pedro se unió al ejército de Godofredo de Bouillon, hijo de Eustaquio. Una vez más resultó patente que su espíritu militar no corría a la par de su fervor religioso: ante el sitio de Antioquía, tan duro que muchos hubieron de recurrir al canibalismo y alimentarse con los cadáveres de los turcos, Pedro intentó desertar; pero Tancredo de Hauteville lo localizó y lo obligó a regresar al campamento. 

Jerusalén fue tomada el viernes 15 de julio de 1099 y Pedro se convirtió en capellán del ejército victorioso. Su sermón en el Monte de los Olivos precedió al saqueo de la ciudad y a la matanza de sus ciudadanos desarmados, musulmanes y judíos.

De regreso a Huy (Bélgica) en 1100, Pedro el Ermitaño fundó allí el monasterio de Neufmoustier, en el que murió en 1115.

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