El Concilio de Troyes fue un concilio de la Iglesia Católica, que se convocó en la ciudad francesa de Troyes el 13 de enero de 1128, con el principal objeto de reconocer oficialmente a la Orden del Temple.

En el otoño de 1127, Hugo de Payns pretendió que fuera reconocida la orden que había fundado, la cual atravesaba una crisis de crecimiento, deseando favorecer su extensión en el Occidente cristiano.

Partió para Roma con cinco compañeros (entre ellos Godofredo de Saint-Omer) a fin de solicitar del papa Honorio II un reconocimiento oficial.

Para que les resulte más fácil que el Papa convoque el concilio, El rey Balduino de Jerusalén envía un mensaje a Bernardo de Claraval, quien tenía una buena relación con el Santo Padre, solicitándole que favoreciera al primer Gran Maestre de la Orden ante la iglesia. Antes estas peticiones la del Rey Balduino por un lado, la de Bernardo de Claraval y la propia de Hugo de Payns, el Papa aceptó convocar un concilio en Troyes que debatiera el asunto.

En dicho concilio estuvieron presentes: el cardenal Mateo de Albano, que preside el concilio como legado del Papa; el arzobispo de Reims y el de Sens con sus obispos sufragáneos; diez obispos en total; Siete abades cistercienses de las abadías de Vézelay, Cîteaux, Clairvaux (que en este caso era San Bernardo de Claraval), Pontigny, Troisfontaines y Molesmes y hasta el propio Abad principal del Cister, Esteban Harding; y algunos personajes laicos entre los que destacan Teobaldo II de Champaña, conde de Campaña; André de Baudemont, el senescal de Champaña, el conde de Nevers y una gran cantidad de clérigos Cistercienses, los cuales impulsaron las ideas reformistas y sin su presencia, que fue altamente positiva, igual no se hubiera podido aprobar su Regla de vida.

 Hugo de Payns relató en este concilio los humildes comienzos de su obra, que en ese momento sólo contaba con nueve caballeros, y puso de manifiesto la urgente necesidad de crear una milicia capaz de proteger a los cruzados y, sobre todo, a los peregrinos a Tierra Santa, y solicitó que el concilio deliberara sobre la constitución que habría que dar a dicha Orden. Gracias a esta exposición y sobre todo a las muchas influencias con las que contaba Bernardo de Claraval, a pesar de que hubo muchas discusiones, el hecho de saber exponer con mucho acierto las ideas principales y los primeros actos realizados por los Caballeros Templarios, y también saber responder a todas las preguntas que le hicieron, hizo que al final después de varias semanas de deliberaciones, la Orden de los Caballeros Templarios fuera aprobada oficialmente, y nombrado su primer Gran Maestre de la Orden: Hugo de Payns. Asi mismo se solicito ayuda y colaboración para esta nueva Orden de todos los nobles y príncipes que estuvieron presentes en el concilio.

Se encargó a San Bernardo, abad de Claraval, y a un clérigo llamado Jean Michel la redacción de una regla durante la sesión, que fue leída y aprobada por los miembros del concilio.

La regla del Temple es, pues, una regla cisterciense, que contiene grandes analogías con la regla de Cîteaux; no podía ser de otra forma, ya que su inspirador había sido San Bernardo de Claraval. Los Caballeros Templarios, como monjes de pleno derecho, debieron pronunciar los votos de pobreza, castidad y de obediencia, añadiéndoseles un cuarto voto, por el cual se comprometían a la conquista y la conservación de Tierra Santa, llegando a dar la vida si fuese necesario.

También se les impuso el manto blanco como prenda oficial y más tarde el Papa Eugenio III les agregó una cruz de Malta, alrededor de 1147.

La Orden del Temple fue creada y dotada de la regla del «monje soldado»: sencillez, pobreza, castidad y oración. La Orden tuvo varios nombres: la “milicia de los Pobres Caballeros de Cristo”, los “Caballeros de la Ciudad Santa”, los “Caballeros del Templo de Salomón de Jerusalén”, la “Santa Milicia jerosolimitana del Templo de Salomón”. Con el tiempo el nombre más común fue el de “Templarios”.

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