LXIV. De los hermanos que están repartidos por las Provincias

Los hermanos que están repartidos por diversas provincias procuren guardar la Regla, en lo que sus fuerzas alcancen, en la comida, bebida y demás cosas, y vivan sin que tengan que corregirles, para que a todos los que desde fuera los viesen den buen testimonio de su vida y no manchen el propósito de la religión ni con palabras ni con hechos, sino que a todos aquellos con los que se juntasen sirvan de ejemplo de sabiduría, buenas obras y buen conocimiento de todo. Donde quiera que se hospedasen sean decorosos con la buena fama; y si puede hacerse, que en la casa del huésped no falte de noche luz, para que el tenebroso Enemigo no incite al pecado, lo que Dios no permita; y donde los caballeros supiesen que se juntan no excomulgados, allí vayan. No considerando tanto la temporal utilidad como la salud de sus almas, alabamos que se reciba a hermanos en las partes ultramarinas dirigidos con esperanza de salvación, que quisiesen perpetuamente juntarse a dicha religión militar; y así, uno u otro se presenten ante el obispo de aquella Provincia y el prelado oiga la voluntad del que pide, y oída su petición, el hermano lo envíe al maestre y a los hermanos que asisten en el Templo que está en Jerusalén. Si su vida fuese honesta y digna de tal compañía, se reciba secretamente, si al maestre o hermanos le pareciese bien: si entre tanto muriese, por el trabajo y fatiga, como a uno de los hermanos se le aplique el beneficio y fraternidad de los pobres caballeros de Cristo.

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